La distancia real

Nick Hallett + Luciana Acuña

por Federico Irazábal


No podía ser más evocativo el título elegido para la primera experiencia artística de la residencia creada por Fernando Rubio en El Jardín Sahel: La distancia real es el reconocimiento de una realidad irreductible pero no por ello inanalizable o impensable. ¿Qué es lo que nos separa? o, mejor aun, ¿Qué es lo que nos permite el encuentro?
El Jardín Sahel es precisamente eso: un lugar anclado en la frontera y que no reconoce jerarquías entre aquello que se separa. Sus fronteras pueden ser muy diversas: locales (campo/ciudad), nacionales (artista argentino/artista extranjero), idiomáticas (español/otra lengua nacional) y disciplinarias (teatro/cine/literatura/danza/música/etc.). La propuesta de esta residencia es allanar el camino para un encuentro que no tendrá ningún tipo de normativa más allá de aquellas que insten al trabajo y a la realización de un producto final. El cruce se logra a partir de una primera selección de los nombres a involucrar. A partir de ahí se vehiculiza el encuentro y se da libertad absoluta para que los artistas involucrados vayan hacia donde lo sientan posible. Así el trabajo concreto consiste en jornadas de trabajo y de encuentro en El Jardín Sahel y en el país de residencia del artista extranjero, algunas veces en soledad y otra frente a un limitado auditorio seleccionado que asistirá al proceso creativo en pos de generar algún tipo de aporte. De ese modo se garantiza un diálogo en cruce de nacionalidades, de idiomas, de disciplinas, de estéticas y de poéticas. No se enfatiza ni se acentúa una disciplina, una lengua, una estética. En ese sentido El Jardín Sahel se vuelve significativo por ser un espacio vaciado de referencialidad urbana (que es el ámbito de circulación por excelencia de las artes). Los artistas involucrados se alejan del ruido, de la polución visual, de la hiperactividad y, con todo ello, de lo establecido. Se paran para lograr el encuentro en un ámbito vaciado de significaciones preconcebidas dejando que cada cuerpo aporte su historia y deba negociar ante el otro cuerpo un ámbito posible de relación. Esa negociación se hace a diferentes niveles y de distintos modos pero es una necesidad irrenunciable.
El resultado de esta primera experiencia, La distancia real, decide jugar con eso que no puede vencerse: aquello que nos separa puede ser infranqueable en el sentido de que no se puede eliminar, de manera individual, las barreras culturales que a lo largo de los siglos se fueron construyendo entre los pueblos. Pero eso no significa que no exista posibilidad de diálogo, de encuentro. El público porteño podrá ver en las cuatro funciones del CETC y dentro del marco del X FIBA en carácter de estreno internacional un espectáculo escénico a partir del que una bailarina y un músico, Luciana Acuña y Nick Hallett, se permitieron el encuentro. Pero lejos de querer negar las diferencias, las distancias, ellos las enfatizan, las remarcan. Y esto no significa reconocer un fracaso en la experiencia sino muy por el contrario aceptar las condiciones necesarias para que el diálogo se produzca.
La cultura de un modo atávico ha instado que, cada vez que un pueblo se encuentra con otro pueblo, uno elimine al otro. Se lo aniquila, se lo absorve o se lo transforma. La verticalidad sería la norma que alienta a un monólogo a través del que uno habla mientras el otro escucha. El Jardín Sahel y La distancia real son una respuesta a esta dinámica. Es aceptar la dificultad del encuentro pero para generar las condiciones para lograrlo, sabiendo de antemano que por un lado no hay modificación posible que provenga de lo unilateral, pero por el otro que la sincronía también tiene sus propias dificultades.
Hallett y Acuña se enfrentaron a dificultades de diversa índole. El idioma inglés y el español acabaron convertidos en un híbrido que más que decir un significado puntual habló de la necesidad real de comunicación sin intermediario. Lo estrictamente estético también se encontró en el centro del debate y la negociación. De hecho, cuando alguno tuvo que ceder e ingresar en una zona que no es plenamente de su agrado (eso singifica negociar) ingresa en la zona pero le hace saber al espectador su desacuerdo. El Jardín Sahel así no se posiciona en un lugar idealizador de un mundo inexistente. Asume las condiciones reales del diálogo y desde allí insta a la modificación sin pretender por ello lograr la horizontalidad plena. A lo largo del espectáculo el público verá a una bailarina producir sonido y a un músico generar movimiento, al tiempo en el que cada uno se desenvuelve en su propia especialidad. Cada uno de los dos artistas involucrados invade el área del otro (establecida por el trabajo escenográfico de Mariana Tirante), y esa invasión a veces es el resultado de una invitación mientras que otras es la mera irrupción, con toda la violencia que ello implica. Hacer junto a otro, pareciera decir La distancia real, no es negar el conflicto. Es, muy por el contrario, hacerse cargo de él y desde allí generar los espacios de encuentro.